Ah, pero era comunista, no lo escondía, y eso en los Estados Unidos de los años 50 era peligroso. Son bien conocidos los casos de cineastas que vieron sus carreras arruinadas, pero no fueron los únicos que tuvieron que pasar a declarar delante del comité de actividades anti americanas del abominable senador McCarthy. La mayoría se libraban apelando a la Quinta Enmienda de la Constitución, la que da derecho a no declarar en contra de uno mismo, pero el bueno de Pete se negó a hacerlo acogiéndose a la Primera, la que habla de la libertad de expresión, reclamando algo tan aparentemente natural como su derecho a cantar y a asociarse con y para quien le viniera en gana. Era 1955, y desde entonces libró una batalla judicial contra las acusaciones de desacato que culminaron en 1961 con una condena en firme a diez años de prisión, de la que al año siguiente se libró gracias a unos defectos de forma durante el juicio.
Es bien cierto que no era la primera vez que se las tenía con las fuerzas más reaccionarias de su amado país, pero pocos debían saber que su aportación al espiritual que se convertiría en himno universal de la lucha de débil contra el poderoso era la línea ‘’We are not afraid’’. No, el miedo era algo que, si lo tenía, no se le notaba demasiado. Aunque bien mirado...
DE CASTA LE VIENE AL GALGO
Y es que ya su padre, el eminente musicólogo en Berkeley y la Juilliard School of Music Charles Seeger, no sólo se anticipó a su hijo en el interés por la música tradicional americana, sino que se jugó su puesto en la universidad al objetar a la Primera Guerra Mundial e implicarse en la lucha de los inmigrantes que a principios del Siglo XX inundaban California. Militó en el Partido Comunista antes que su hijo y, además, su amistad con Alan Lomax puso a un joven Pete en contacto directo con los tesoros que escondía el maltrecho Sur de su país: las canciones de los Apalaches, el blues del delta del Mississippi, el gospel rural... Todo lo conoció de primera mano al acompañar a Alan y su hijo John Lomax en las grabaciones de campo que compilaban para los archivos de la Biblioteca del Congreso. De todos modos, es fácil adivinar la decepción del viejo Seeger cuando a su hijo se le ocurrió dejar sus estudios en Harvard en 1938 —había nacido en 1919— para dedicarse a aprender a dominar el banjo, un humilde instrumento que se convertiría en una de sus señas de identidad, y a recorrer las autopistas de los Estados Unidos aprendiendo canciones y en busca de figuras para él legendarias, y desconocidas para la inmensa mayoría de sus compatriotas, como Leadbelly o Woody Guthrie. Su encuentro con este último en Nueva York, en un concierto a beneficio de los inmigrantes, debió de ser toda una revelación para Seeger. Para Alan Lomax fue la noche en la que empezó el renacimiento del movimiento folk americano, y la verdad era que formaban la pareja perfecta. Uno tenía lo que le faltaba al otro. Donde Seeger era metódico, Guthrie era aventurero; si Pete era el idealista, Woody era el carismático; uno ponía la educación universitaria, el otro la sabiduría de la calle. Los dos simpatizaban con el Partido Comunista y los dos eran fervientes patriotas. Entre los dos pondrían en marcha un nuevo concepto de canción popular como arma revolucionaria.
EL SANTO COMUNISTA ENVUELTO EN BARRAS Y ESTRELLAS
Dice Seeger que “sólo los comunistas usaban las palabras paz y libertad”, y que eso fue lo que le llevó al Partido. Se afilió en 1942, pero ya antes era un buen “compañero de viaje”. Sus canciones con los Almanac Singers así lo demostraban. La agrupación que había formado con Woody y un cambiante número de folksingers no se andaba por las ramas, y en sus canciones, ya fueran propias o tradicionales, los mensajes tenían que llegar nítidamente. Títulos como «Which side are you on?», «Talking Union», «Dear Mr. President» o «Deliver the goods» dejaban poco espacio a la imaginación. Parcamente acompañados por el banjo o la guitarra, los Almanac Singers cantaban con fervor religioso contra la guerra o el presidente, a favor de la lucha sindical, por la unión de los proletarios del mundo o por la creación de un tercer Partido en los EE.UU., el Partido Progresista de Henry Wallace. No debemos olvidar que estamos a punto de que se declare la Segunda Guerra Mundial y nuestros amigos no estaban para bromas y escapismo. En aquel momento Hitler había alcanzado un pacto de no agresión con Stalin, así que los esfuerzos pacifistas de Seeger y compañía y su posición contraria a entrar en guerra con Alemania, en consonancia con la postura oficial del Partido, parecía tener una justificación que saltaría por los aires cuando al bueno de Adolf se le ocurrió invadir la Unión Soviética. Ahora USA y URRS eran aliados contra el fascismo y ahí tenemos a un antimilitarista convencido como Pete Seeger reclutado para servir a la patria en el Pacífico.
Al finalizar la guerra los Almanac Singers se habían dispersado y, quizá pensando que su rudimentario sonido no permitía que el mensaje llegara a las masas, Pete forma un nuevo grupo con los mismos ideales pero un sonido decididamente más standard. Sus compañeros en los Weavers serían Lee Hays, que ya había cantado con los Almanacs y sería uno de sus mejores colaboradores a la hora de componer, Fred Hellerman y Ronnie Gilbert, viejos amigos que compartían ideas e intenciones, y que entre finales de los 40 y mediados de los 50 alcanzarían el éxito que los Almanac Singers nunca podrían haber conseguido. La verdad es que para ello tuvieron que liofilizar en exceso sus canciones, arropadas ahora por orquestas y violines que endulzaban un jarabe que cualquiera podía saborear. ¿Traición a la pureza folk? Bueno, su «Goodnight Irene» no tenía nada que ver con la de Leadbelly, pero al menos estando en el número 1 de las listas durante semanas, supongo que pensarían con toda su buena intención, mucha más gente llegaría a conocer a uno de sus héroes. Ahora cantaban en locales lujosos para un público que seguramente nunca había oído hablar de su lucha, pero paradójicamente ese éxito fue el que le empezó a traer problemas.
Cuando Pete Seeger era un desconocido para la gran mayoría podía cantar los panfletos que le vinieran en gana, y en cambio, ahora que todo era mucho menos peligroso, la gran máquina que tras la guerra había puesto en marcha la derecha más recalcitrante para hacer desaparecer del mapa de los EE.UU. cualquier ideal izquierdista, sabía de la existencia de un cantante de éxito que, a pesar de que la URSS había dejado de ser un aliado para convertirse en el gran enemigo, hacía gala de su militancia comunista (por cierto, no conozco otro comunista que cite tanto a la Biblia en sus canciones o que aprovechara la carga religiosa de los viejos cantos espirituales para hablar de los problemas de su tiempo). Así que, en los años de su máxima popularidad, los Weavers se encontraron con cancelaciones de conciertos a última hora, con que desaparecían como por arte de magia los locales en los que podían cantar, los espacios radiofónicos en los que sus canciones podían sonar e incluso las discográficas que les editaban los discos. A pesar de que lograron dar un triunfal concierto en el Carnegie Hall en 1955 (presagiando el ya comentado de Pete en solitario), el Sistema funcionaba, y de que manera.
Estamos el la segunda mitad de los 50, los años del ya mencionado encontronazo con el senador McCarthy, curiosamente poco después de dejar el Partido por sus desencuentros con la línea estalinista, años en los que un Pete Seeger ya casado y con hijos tiene que mantener a su familia a base de conciertos en escuelas y campus, o grabando hasta cinco discos al año para Folkways Records, la mítica compañía discográfica de Moses Arch que centraba sus parcos esfuerzos distribuidores en escuelas y bibliotecas. Había desaparecido para el gran público, pero quizá había regresado a donde no debía de haber salido, a donde tal vez se encontraba más cómodo, a la lucha diaria y en solitario. Son años de oscuridad, pero que darán su fruto cuando las canciones propias que iba sembrando, «If I had a hammer», «Where have all the flowers gone», «Turn, turn, turn» revienten las listas de éxito de la siguiente década en boca de los jóvenes cachorros del nuevo folk. ‘’Woody’s children’’ les llamaba, amamantados, uno quiere suponer que entre muchas otras fuentes, en la impecable serie «American Favourite Ballads», cinco discos en los que recopilaba los clásicos, y menos clásicos, del repertorio que todo folksinger debía conocer.
DE MARCHA POR EL SUR
Los que hayan visto «No Direction Home» podrán distinguir la cara de felicidad infinita de Pete Seeger detrás de un jovencísimo Bob Dylan cantando para el público negro en uno de los muchísimos conciertos que reclamaban la igualdad de derechos civiles en el sur de los EE.UU. No era para menos. Allí estaba un veinteañero que representaba el sueño de los viejos luchadores de las décadas pasadas. Carismático y capaz de componer himnos como «Blowin’ in the wind», imprescindibles para jubilar a «We shall overcome», si es que eso fuera posible. Los primeros 60 debieron suponer para Pete Seeger la ratificación de que todo el trabajo llevado a cabo en veinte años de carrera musical y activismo político estaba empezando a dar sus frutos. No sólo estaba el triunfo personal del concierto del Carnegie Hall y su fichaje por Columbia a lomos del folk revival, sino que discípulos como Peter, Paul & Mary o el Kingston Trio vendían cientos de miles de discos que incluían sus canciones, e incluso tras el terremoto que supuso la llegada de los Beatles podía llegar al número 1 en boca de los Byrds (Roger McGuinn nunca ocultó su devoción por el viejo Pete, y a parte de «Turn, turn, turn», los pájaros grabaron versiones de «Bells of Rhimney», «John Riley» o «I come and stay at every door», todos aprendidos de su cancionero). Nunca como en esos años se vendían revistas como Broadside o Sing Out!, cantera de folksingers que él había ayudado a fundar, y nunca un festival como el de Newport recibió tanto visitante.
Ah, Newport, 1965, ahí llegamos al gran punto negro de su reputación musical, ese momento en el que, como llevamos oyendo años y años, un enfurecido Pete Seeger cogió un hacha para cortar los cables que alimentaban el ruido infernal con el que la primera banda eléctrica de su adorado San Bob Dylan achicharraba los oídos de la parroquia folkie. A uno siempre le ha costado imaginarse al paladín de la no violencia con un hacha en la mano, y él mismo lo niega. En su versión de los hechos, simplemente exclamó “si tuviera un hacha cortaría el maldito cable”, al ser incapaz de oír las letras a través de las ráfagas que disparaban Al Kooper y Mike Bloomfield, pero como símbolo del definitivo cambio de los tiempos la leyenda urbana es impecable. Es más, aunque fuera cierta, no dejaría de tener su carga de quijotesca grandeza, la del que, desbordado por los tiempos, no da su brazo a torcer. Sí, además de su aversión a las guitarras eléctricas, Pete Seeger tampoco entendía el rechazo de la generación hippie hacia sus mayores, y nunca comprendería las acciones violentas de grupos como los Weathermen a pesar de compartir puntos de vista parecidos sobre la guerra de Vietnam, por ejemplo. Hasta Phil Ochs, compañero de viaje, podía permitirse el lujo de echarle en cara el trabajar para la CBS, aunque todavía era censurado por interpretar duras canciones antimilitaristas (no pudo cantar «Waist deep in the big muddy» en un programa de televisión). Estaba fuera de sitio y lo sabía, el mundo ya no era el que él había conocido diez o quince años atrás y ya no había lugar para un idealista agarrado a un banjo o una guitarra predicando la hermandad entre los hombres y mujeres de buena voluntad. No iba a retirarse, por supuesto, pero a finales de los años 60 su época de esplendor había pasado y sólo le quedaba predicar para los ya convencidos. La confusa situación política y social demandaba redefinir su activismo, y además había descubierto una nueva causa por la que luchar.
SURCANDO EL HUDSON
Una de las consecuencias del hippismo, y en general del movimiento radical de los 60, fue el descubrimiento de la conciencia ecológica, quizá al percatarse de que luchar contra el Sistema, así con mayúscula, y buscar la revolución resultaba una batalla absolutamente desigual en la que la victoria era imposible. Tal vez si los objetivos eran más cercanos los resultados serían más palpables. Puede que “el viejo león de la izquierda americana” estuviera cansado, pero no vencido. Seguiría participando en cualquier espacio reivindicativo que lo reclamara (una de la primeras imágenes que uno recuerda de Pete Seeger es su participación en los mítines del PC en los albores de la democracia en España), pero a partir de ahora su principal preocupación será mantener limpio de contaminación su amado río Hudson, el que recorre el estado de Nueva York, su lugar de residencia, y con esa intención en 1969 pondría en marcha con otros activistas el que se convertiría en su más querido proyecto, el Clearwater, un barco que hasta el día de hoy recorre el río con la sana intención de concienciar a los chavales de la importancia de no llenar de basura los pocos espacios salvajes que nos van quedando, de dejar como herencia un planeta mejor que el que habitamos, siempre con las grandes corporaciones en el punto de mira. Siempre idealista, siempre optimista, fuera de lugar en un mundo cada vez más cínico, con menos espacio para los defensores de las causas perdidas.
Pasaron los años 70, los 80 y los 90 y Pete Seeger todavía sigue ahí, ahora como una figura respetada por casi todos, incluso, hipócritamente, por los herederos de los que en su día intentaron callarlo; símbolo de esa otra América que muchas veces nos empeñamos en no ver, cegados por los Nixons, Bushes y McCarthys de turno. Cuando escribo estas líneas acaba de cumplir 87 lúcidos años y vuelve a ocupar espacios en los informativos gracias al disco con el que Springsteen le homenajea. El mundo ha cambiado todavía más, y si bien es cierto que la mayoría de las luchas que ocuparon su vida siguen estando vigentes, no lo es menos que cada vez es más pequeño el espacio para las voces de los disidentes del pensamiento único. No creemos que a él eso le importe mucho, en realidad siempre ha sido así, y nunca le han faltado las ganas de seguir luchando. Su tiempo ha pasado definitivamente, su país no es el que él y otros soñaron un día, pero nadie podrá reprocharle el haber traicionado a sus ideas o el no haber hecho todo lo posible por hacerlas realidad. Pocos, muy pocos, pueden decir lo mismo.
Texto: Carlos Rego. Publicado en Ruta233, diciembre 2006.






