Un mundo sin Dylan
22 Octubre 2008
Archivo Opinion Invitada
El viernes pasado [abril de 2006, ndt] paré a comer en mi lugar habitual, el pequeño café Poca Cosa, en Tucson. Me encanta este lugar. Preparan los mejores chiles rellenos del mundo. Sandra, una de las dos afectuosas hermanas que regentan el local, la que tiene una Harley, me preguntó si, ya que Dylan tocaba el domingo, podía contactar con él para que cenara allí. Le respondí que no, pero ella insistió cuatro veces. Pagué y me fui.
Llegó el sábado y Patty pasó por casa. Le mencioné casualmente la invitación a cenar en Poca Cosa pues sabía que el bajista de Bob, Tony, siempre queda con Harvey, el padre de ella, para comprar bajos de segunda mano.
Al día siguiente llamó Harvey. Me preguntó si lo de la cena seguía en pie. Le dije que posiblemente. Tony se apunta, así que llamo a Sandra, que enloquece de alegría y está de acuerdo en abrir el local especialmente para ellos. Nada de esto significa que Bob vaya a aparecer. No es él quien viene a cenar, sino la banda. Claro que, si acude la banda, siempre queda la posibilidad de que a última hora el jefe se apunte.
Ambos me preguntan si yo acudiré. Les digo que debo llevar a mi hijo a Funtastics como premio a sus buenas notas pero, si puedo, me pasaré más tarde. Después de la diversión, nos dirigimos a casa. Poca Cosa nos queda de camino, así que mi hijo y yo paramos a echar un vistazo.
Al cruzar la calle hacia el restaurante vislumbro un tenue, fantasmagórico resplandor. El ventanal del restaurante encuadra esa luz como si se tratase de un pequeño teatro de ensueño. El restaurante cierra habitualmente a las dos y media del mediodía, pero las hermanas lo han abierto expresamente para alimentar a los dylanistas. De ahí que desprenda una luz que yo nunca había presenciado.
Al acercarnos al local me animo a hablarle a Tony de mi disponibilidad como pianista si alguna vez necesitan uno. Mi idea es llevar uno de esos pequeños pianos que sólo se encuentran en Dinamarca, y así evitar esos trastos digitales de mierda. Los armónicos lo son todo.
La pobre iluminación del Poca Cosa da lugar a una peculiar simetría con todos dispuestos como en ‘’la última cena’’. Están sentados a una larga mesa hecha de varias pequeñas mesas unidas, y sentado en medio, de cara a la calle, está Bob Dylan. A ambos lados están sus Discípulos del Decibelio. Pascua quedaba, muy convenientemente, a la vuelta de la esquina.
Nadie dijo una palabra cuando entramos yo y mi hijo, que iba ataviado con su disfraz infantil de punk, t-shirt negra de ‘’anarchy’’ incluida. Fue como uno de esos momentos de western. Silencio.
Ahí estaba yo sentado. A pocos centímetros de él, y no supe ni pude decirle nada. Ni siquiera hola. Tenía buena pinta. Mejor que en las fotos o en escena, fue grato ver que envejece bien. En él, en sus movimientos corporales, crepitaba un fuego. Estaba enzarzado en una conversación con Tony y así continuó. Y empecé a pensar en lo mucho que esperamos de estas situaciones. Nunca he conocido un mundo sin Dylan, y en aquel preciso momento eso complicaba las cosas.
Así que me quedé allí sentado engullendo mis chiles rellenos. Al finalizar la cena, salí a buscar el pack de doce cervezas que llevaba en la camioneta, por si alguien estaba sediento y porque Patty me había pedido una.
Bob no levantaba la mirada de la mesa, expertamente concentrado en su comida y en la conversación con Tony y los otros miembros nuevos de la banda. El nuevo guitarrista estaba a mi lado y parecía querer cerveza, pero nadie del grupo iba a tomar una. Quizás había orden expresa de no beber delante de Dylan. Tal vez él practicara la sobriedad. Tiene sentido: la situación era de lo más sobria.
Poco después de que se abriera aquella primera cerveza, Bob se levantó para salir y todos en la mesa le siguieron como si fuesen una extensión de sus extremidades. Yo estaba justo en su camino. Bob tendría que por lo menos reconocer mi presencia al pasar ante mi.
No. Fue todo un profesional. Se paró un breve momento ante mi, suspiró, pero seguía mirando hacía adelante y se dirigió hacia la puerta. Eso fue todo.
Yo no iba a intentar romper esa barrera. Mi amigo Harvey también vio reducida a cero su acostumbrada sociabilidad. Todos allí, excepto los niños, fuimos socialmente ineptos mientras duró la cosa. Pero lo más chocante para todos fue que Bob ni siquiera tocó los chiles rellenos.
Se comió sólo el arroz y las judías, como en su canción. (HOWE GELB)





La misma situación padeci el 19 de diciembre de 1984 en San Sebastian en el concierto de Lou Reed en el Velodromo de Anoeta. Tras el concierto coincidi en un pub muy english con Reed, Quine y Saunders. Yo al menos encontre el valor para que me firmaran la entrada. Tuve suerte.